UN ESCUDO CONTRA EL HAMBRE EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Las malas cosechas han sido un tenaz e implacable enemigo de la Humanidad desde tiempos inmemoriales. El hallazgo de la agricultura dispensó a nuestra especie el poder de crear alimentos, pero también la encadenó a severas servidumbres de la Naturaleza. Sequías o aguadas se bastaban y se sobraban para condenar al hambre a poblaciones privadas del pan nuestro de cada día. Las tierras de la Corona de Castilla, como otras tantas, no se libraron de tal flagelo, y a comienzos de la Edad Moderna se fueron consolidando en distintas villas y ciudades los pósitos.
Estas instituciones municipales se encargaron de almacenar grano en los años de abundancia en previsión de los de escasez. Ofrecieron, en consecuencia, cereal a precio asequible a los panaderos para que pudieran vender a coste moderado sus panes a los atribulados consumidores, al igual que a los campesinos del vecindario necesitados de simiente, con la obligación de devolver el préstamo frumentario con creces o intereses. Actuaron, en verdad, como verdaderos bancos de crédito rural, en un mundo donde proliferó el endeudamiento. Llegado el caso de extrema necesidad, el poder municipal podía ordenar que los vecinos más afortunados compartieran parte de su grano para evitar la perturbadora hambruna, animadora de tumultos públicos indeseados. A sus funciones bien se podía incorporar la de conservadores de la paz social.
Se adoptó el sistema de los pósitos no sólo en las ciudades y villas, sino también en alguno de sus núcleos dependientes. En el término de la villa de Requena, funcionó un pósito en una de sus aldeas, en la de Camporrobles. Sus responsables o mayordomos ejercieron sus funciones desde la festividad de San Juan de un año a la del siguiente, en contraste con otros puntos, que se decantaron por fechas como Nuestra Señora de Agosto, según se practicó en la misma Requena. El mayordomo del pósito de Camporrobles guardaba las tres llaves de su arca, ganando unos emolumentos de 176 reales y medio, una cantidad tan atractiva como sometida a meticulosas exigencias, como la de rendir cuentas. A mediados del siglo XVII tuvieron que enfrentarse a una situación verdaderamente temible, marcada por los problemas.
En los pósitos se trataron de almacenar las mayores cantidades de grano posibles, reforzando las reservas con la compra de más existencias, a ser posible cuando su precio resultara razonable. Lo ideal era disponer de un excedente procedente de una buena cosecha reciente, adquiriendo a coste moderado una cantidad suplementaria. Fue, sin embargo, habitual tener que comprometer las limitadas sumas de dinero en la compra de grano a precio alto, sin la apetecida calidad, en los años de aprietos. Panaderos, labradores y consumidores terminaban cargando con el exceso. El pósito de Camporrobles tuvo una disponibilidad de cereal de 366 a 510 fanegas entre 1650 y 1657, con la intención de satisfacer la demanda vecinal, como se ve a continuación:
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Ejercicio |
Fanegas disponibles |
Fanegas ofrecidas |
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1650-51 |
394 |
380 |
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1651-52 |
510 |
460 |
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1652-53 |
375 |
387 |
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1653-54 |
366 |
363 |
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1654-55 |
370 |
360 |
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1655-56 |
415 |
416 |
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1656-57 |
435 |
435 |
Las adversas circunstancias del ejercicio de 1651-52 determinaron que se tuvieran que hacer mayores sacrificios, pues de las 510 fanegas disponibles se tuvieron que destinar al panadeo hasta 460, superando a las 380 del ejercicio anterior. La mejoría de 1652-55 se vio levemente alterada en los años siguientes.
En 1650-51 se dispuso de una reserva de 394 fanegas, pero se ordenó la adquisición de 167 más, enfrentándose a una variación de precios importante En septiembre de 1650 costó la fanega unos 28 reales; en febrero, 29; en abril, 32; y en junio, 40. Por fin, en agosto, bajó a 21, una vez cosechado el grano. Los mismos vaivenes se padecieron en 1651-52, cuando se tuvieron que comprar 374 fanegas. El precio llegó a oscilar de los 42 a los 45 reales, antes de descender a los 37 del 30 de agosto al 29 de octubre. Se allegaron caudales para afrontar los gastos correspondientes:
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Ejercicio |
Caudales allegados |
Caudales empleados |
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1652-53 |
1.751 |
1.700 |
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1653-54 |
7.314 |
7.142 |
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1654-55 |
3.313 |
3.369 |
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1655-56 |
1.210 |
1.288 |
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1656-57 |
2.640 |
2.710 |
En el difícil 1651-52 las 460 fanegas dedicadas al panadeo costaron 20.057 reales, dejando en caja apenas 6.619, cuando deflactar la moneda de vellón costó 375 reales y otros 68 el llevarlos a resellar a Cuenca. Las devaluaciones monetarias, que se hicieron imperativas, gravitaron con severidad sobre los comprometidos caudales de los pósitos. Cuando el 14 de febrero de 1680 se aplicó la bajada de moneda, se encontraron en los fondos del pósito de Requena cuatro reales y medio de a ocho, dos dieciochenos y cuarenta doblones. De la merma sufrida da idea que cada doblón se redujo de 110 a 48 reales de valor, perdiéndose un valor nominal de 2.480 reales en la partida de los cuarenta doblones.
No pocas veces se cargaron sobre las comprometidas arcas de los pósitos obligaciones ineludibles. Al mantenimiento del cordón sanitario establecido por el brote pestífero de Cartagena se destinaron en 1674 dineros del pósito de Requena, que también afrontó en 1678-79 el acuartelamiento de la unidad de caballería del capitán Diego Gómez Dávila, junto a nuevos dispendios de guarda de la peste en puertas y cercas. La situación resultó todavía más angustiosa al ser muy recurrente la morosidad. En 1678-79 se hizo imperativo entregar a los labradores requenenses unas 650 fanegas y media, a un precio medio de 35 reales cada una. Por consiguiente, el aumento de las creces, a devolver en trigo, perjudicó enormemente a los campesinos. Si una subida de dos reales pareció entonces razonable en una fanega valorada en veinte, la de cuatro se estimó excesiva, máxime si se obviaba la costumbre de devolverlo en trigo. Al final, se dispensó cada fanega a los labradores, en tales condiciones, a 30 reales, cinco menos de lo que habían costado. Todos salieron perdiendo, en verdad.
Alguien tuvo que pagar los platos rotos, convirtiéndose el mayordomo en el chivo expiatorio más obvio. En 1684 el corregidor de Requena procedió contra Francisco Mislata por cantidades que faltaban, los alcances. Por mucho que apelara ante la Real Chancillería en 1689, se ordenó embargar su bodega con sus cubos, arrendada a los carmelitas, y sus viñas. Los veedores procedieron con tiento para no lesionar a la influyente comunidad del Carmen. No en vano, los eclesiásticos participaron activamente en el animado comercio frumentario. En 1679-80 el arcipreste de Requena Juan Ramírez del Espejo y el presbítero de la villa Julián Ruiz gestionaron la compra del trigo en Chelva para el pósito. Ayer, como hoy, más de uno supo aprovecharse de un servicio comunitario, sin cuya existencia los problemas hubieran sido mayores.
Fuentes.
ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.
Libro de cuentas del pósito de 1643 a 1644 (2358/2) y de 1644 a 1679 (3550).

