UN PULSO ENTRE ALEMANIA Y ESTADOS UNIDOS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

13.01.2026 14:04

 

               A finales del siglo XIX varios Estados se embarcaron en políticas imperialistas, que hacían presagiar un tiempo lleno de conflictos. En su Idearium español de 1897, Ángel Ganivet propuso la neutralización del Mediterráneo para que los europeos dispusieran en lo sucesivo de las fuerzas navales necesarias para enfrentar nuevos desafíos y peligros. Al año siguiente hicieron un verdadero alarde de poder naval los Estados Unidos contra España, lo que no pasó desapercibido en las capitales europeas.

               El emperador alemán Guillermo II había impulsado desde 1890 una política ultramarina y colonial más desinhibida que la del canciller Bismarck. Atenta a conseguir distintos puntos de suministro para sus buques y enclaves comerciales, Alemania pretendía extender sus dominios en varias áreas del mundo, como la cuenca del Pacífico. Aunque en 1898 logró de Gran Bretaña la posibilidad de compartir los dominios portugueses en África, Alemania no mantuvo una relación nada fácil con aquélla, y buscó el contrapeso de los Estados Unidos.

               Sin embargo, el círculo de Guillermo II tampoco sostuvo las mejores relaciones con los expansivos estadounidenses, contemplando con inquietud su pulso con España. Antes de iniciarse la guerra hispano-estadounidense, el teniente Eberhard von Mantey diseñó un plan de ataque naval contra la costa oriental de Estados Unidos, concretamente contra una serie de puntos estratégicos de Virginia, estableciéndose a continuación un bloqueo.

               Ya comenzada la citada guerra, la flota de Dewey se encontró con la de Diedrichs en la bahía de Manila, pues los alemanes ambicionaron posiciones en las codiciadas Filipinas, que pasaron a manos estadounidenses con la aquiescencia británica. Más tarde, en 1899, los alemanes se hicieron por negociación con los archipiélagos españoles de las Carolinas, Marianas y Palaos, pero sin olvidar a los estadounidenses, pues entonces planearon un ataque todavía mayor contra Nueva York y Boston con una fuerza de sesenta buques de guerra y cien mil soldados. Tal plan no gozó del beneplácito del estratega Alfred von Schlieffen, que lo consideró tan ilusorio como difícil.

               En 1900 los alemanes acariciaron la idea de disponer de un enclave naval en Cuba y en Puerto Rico en 1902-03, atentos a la construcción del canal interoceánico, en el área del acrecentado dominio estadounidense. Para conseguir lo deseado, barajaron la posibilidad de atacar Nueva York, el corazón de la república norteamericana, para forzar una negociación.

               Tal cuestión quedó en agua de borrajas, pero los alemanes tomaron parte junto con los británicos y los italianos en el bloqueo naval de Venezuela para dar satisfacción a sus acreedores. En 1904 el presidente Roosevelt replicó anunciando el Corolario de la Doctrina Monroe, que daba el derecho de intervención de Estados Unidos en defensa de sus intereses en el Hemisferio Occidental. Al año siguiente, los estadounidenses se hicieron con el control de las aduanas de la República Dominicana con la indignación de Guillermo II.

               En los años siguientes la tirantez entre Alemania y Estados Unidos cedería, permitiendo la primera en 1907 que la segunda reforzara su armada. Sin embargo, las ambiciones alemanas en Iberoamérica no se disiparon, estrechando relaciones con un México en vísperas de la revolución. Pasado el tiempo, alemanes y estadounidenses terminaron combatiéndose en la Gran Guerra con el telegrama Zimmermann por medio.

               Para saber más.

               William Young, German Diplomatic Relations 1871-1945, Londres, 2006.