UNA AMENAZANTE ARMADA INGLESA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

12.01.2023 15:30

 

Una flota inglesa llega a Alicante.

Al mediar la jornada del jueves 21 de julio de 1661 una poderosa armada inglesa entró en el puerto de Alicante. Se componía de dieciséis fragatas y cuatro “sumaques” o pequeñas naves de un solo arbolado. La fragata capitana alineaba hasta setenta y cuatro piezas de artillería de bronce de 48, 36 y 24 libras capaces de disparar balas de dieciséis onzas la libra. Las fragatas se habían convertido en verdaderas fortalezas navegantes con gran potencia de fuego, claves en los enfrentamientos marítimos entre ingleses y holandeses. Más de 6.000 hombres nutrían los efectivos de la flota. Al mando de tan imponente fuerza se encontraba el veterano Milord Montagu, antiguo general parlamentario en tiempos de la Revolución que terminó abandonando a Cromwell y abrazando la causa de Carlos II Estuardo.

 La Inglaterra de la Restauración ya no era la del Lord Protector, gran enemigo de la España católica a lo largo del mundo, pero las susceptibilidades hacia los ingleses no habían fenecido entre los españoles. El navío El Ángel, fletado por los comerciantes ingleses establecidos en Alicante Herne y Basset, fue capturado en aguas del Estrecho por las Escuadras de Mallorca y de Ostende en 1660. El 3 de septiembre de aquel año el Consejo de Guerra no consideraba suficientemente fundada la suspensión de armas para reanudar el tráfico comercial. Estaba aún vivo en Alicante el recuerdo de la amenaza inglesa de 1656, que obligó a revisar sus delicadas defensas amuralladas, faltas de buena artillería y de soldados suficientes. El matrimonio en 1661 de Carlos II con la portuguesa Catalina de Braganza no contribuyó a sosegar los ánimos, ya que Portugal se encontraba en guerra contra la Monarquía española. De todos modos las autoridades alicantinas creyeron oportuno agasajar a Lord Montagu como si hubiera sido antes del enlace con la princesa portuguesa.

 La alteración del mar impidió al gobernador de Orihuela don Diego Saiz de la Llosa visitar al comandante inglés el día de su llegada, pero a la mañana siguiente Lord Montagu desembarcó diciendo encontrarse enfermo, tomando posada en nuestra ciudad. Aquello no era habitual y los alicantinos se temieron lo peor. A los tensos días que siguieron dedicamos este artículo.

 Las aspiraciones mediterráneas de Inglaterra.

 La atracción inglesa por el Mediterráneo se remontaba a la Baja Edad Media, y se intensificó durante los siglos XVI y XVII. Ingleses y españoles intercambiaron negocios y animadversión. La Monarquía hispánica requirió las naves y los productos textiles y atlánticos aportados por los ingleses, cada vez más rivales de los grandes enemigos de los españoles, las Provincias Unidas. A su vez la emergente Inglaterra se interesó vivamente en los circuitos comerciales que enlazaron España e Italia. A veces cooperó de diversos modos contra España con los corsarios de las regencias otomanas: el capitán Brush alcanzó en 1637 notoriedad por llevar armas a Argel. En otras ocasiones los buques ingleses y berberiscos colisionaron en las aguas del Mare Nostrum.

La persecución de la piratería islámica se convirtió en un objetivo acariciado por las marinas de los diversos poderes de la Cristiandad. La llamada Segunda Edad de Oro de Argel, que supuso que sus navíos alcanzaran las costas atlánticas del Norte de Europa, hizo saltar las alarmas, de tal modo que toda acción punitiva antiberberisca podía ocultar un despliegue militar contra otra potencia europea. Así comenzó en tiempos de Cromwell la ofensiva naval antiespañola.

 Precisamente en 1661 los comandantes de la flota arribada a Alicante justificaron su presencia por el deseo de ajustar paces con Argel, y en caso contrario romper las hostilidades. La reciedumbre del viento de levante a quince leguas de la plaza norteafricana determinó su retirada a Alicante, según la versión inglesa. Los españoles la cuestionaron abiertamente al no apreciar un temporal tan severo.

La alianza matrimonial entre Inglaterra y Portugal no incitaba a la tranquilidad. Los insurrectos portugueses podían asoldar unidades militares de los reinos de Carlos II Estuardo en su enfrentamiento contra España, en vísperas de lanzarse nuevas campañas en el frente de Extremadura. A cambio Inglaterra vería franqueada su entrada al Mediterráneo, ya que Portugal le ofreció Tánger además de Bombay y una acrecida dote de la mano de la princesa Catalina. Un anónimo confidente inglés católico expuso inquietantes noticias. En la ruta de Setúbal los ingleses ubicaron una fuerza de seiscientos soldados, y de retorno guarnicionarían Tánger con otros seiscientos más. Ya tentaba a los ingleses la posesión de un punto de control en el Estrecho de Gibraltar. 

Temor español ante el poder naval inglés.

Acostumbrados a toda clase de añagazas, los alicantinos no dieron crédito de las intenciones pacíficas inglesas. Tampoco les sosegó que verdaderamente la armada estuviera al acecho de la flota holandesa del almirante de Ruyter, procedente de la India Oriental. El costear el litoral hispánico los buques ingleses durante aquel verano y estar a la espera desde Portugal de una nave cargada de bombas, innecesaria en una operación de alta mar, no inclinaba al sosiego.

Además, ciertas operaciones parecían anunciar la inminencia de un bombardeo. Antes de ponerse el sol el 22 de julio siete lanchas se dirigieron al área de la Sierra de San Julián. Sus tripulantes se encaminaron a la Huerta por uvas y vino. Aunque al final llegaron a pagar 18 reales por dos capazos de uva, se llegó a temer un serio enfrentamiento entre marineros y labradores que diera excusa a bombardeos de represalia. Se instó a Montagu a ordenar la retirada de sus hombres y a que en lo sucesivo compraran en la plaza de la ciudad sus víveres. Hasta cinco atajadores en compañía de un inglés se enviaron a la Huerta para evitar las suspicacias de los naturales.

 Ciertamente algunas maniobras no parecían muy amistosas. Los “sumaques” inspeccionaron nuestras defensas. Determinados enviados observaron con detenimiento las murallas y baluartes alicantinos, especialmente en el sector de la Plazuela de Ramiro, y su dotación artillera. Aunque la medición de las defensas podía efectuarse desde las naves con la ayuda de instrumentos geométricos, los ingleses prefirieron hacerlo desde el tramo más abierto de Ramiro, calibrando los “padrastros” o puntos de ataque cercanos a la muralla. No contentos con ello, algunos ingleses pasearon por las cercanías y el interior de Alicante, saliendo uno por la Puerta de la Huerta para entrar nuevamente por la Nueva. El testimonio de un navegante mallorquín acogido en Santa María tras una riña con un inglés anunciaba lo peor. 

Las autoridades alicantinas se ponen en alerta.

 El peligro de ataque determinó la formación en nuestra ciudad de una Junta de Guerra para encarar la arriesgada situación. Su cúpula dirigente estaba formada por el gobernador de Orihuela, su abogado fiscal y patrimonial el doctor Laureano Martínez de la Vega, el auditor del Tribunal de la Capitanía General alicantina el doctor Ricardo Paravesino, y el abogado fiscal y patrimonial de Alicante el doctor Vicente Justino Berenguer, selecta representación local de las autoridades reales, más ducha en cuestiones jurídicas que militares.

 Tal cúpula convocó a las reuniones de la Junta a las autoridades municipales más destacadas y a propósito: el baile don Cristóbal Martínez de Vera, el justicia el doctor don Pedro Maltés, el jurado “en cap” don Juan Agustín Ansaldo, el jurado teniente de alcaide don Juan Bautista Paravesino, el jurado don Nicolás Escorcia y Ladrón, el maestre de campo reformado don Diego, don Pedro de Çeverio y Valero, el requeridor del partido alicantino Luis Rotlà y Canicia, y el capitán Pedro Sanz.

 Ya en otras ocasiones hemos insistido en la importancia de las competencias militares de los antiguos municipios del Reino de Valencia. El día 28 de julio el gobernador envió a don Gaspar Moxica al virrey el marqués de Camarasa, y la Junta acordó una serie de medidas defensivas.

 La alternativa de la diplomacia.

 Antes de romper hostilidades y precipitarse, la Junta sopesó sus fuerzas y no desdeñó el camino de la diplomacia.

El gobernador requirió los servicios de don Guillermo Blunden, un comerciante inglés de confesión católica que se había afincado en nuestra ciudad. El susodicho había hospedado en su domicilio al mismo Montagu. Con acierto se pensó que la ruptura bélica perjudicaría el comercio inglés con Alicante en particular y el Reino de Valencia en general, aprovechando a los holandeses y otras nacionalidades.

 Escogido el mediador, se insistió en el respeto por la Paz de 1630, instrumento diplomático acatado por las Coronas española e inglesa antes del terremoto revolucionario de mediados del XVII. En Alicante se libró una batalla diplomática que afectaba a toda la Monarquía hispánica. En el octavo capítulo de la Paz se abordaba el punto de las entradas de naves de una de las dos Coronas en puertos de la otra. Una flota de más de ocho naves de guerra necesitaba la licencia de entrada de las autoridades locales.

 Los comandantes ingleses conocían al menos desde Málaga la vigencia de la Paz, que decían respetar, pero la falta de entendimiento del español (así llamado el castellano en la documentación) por los ingleses y viceversa dificultaba las negociaciones, la galantería del trato cortés. 

 Los preparativos militares.

Resignándose a lo peor, la Junta se aprestó a la lucha sigilosamente. Por desgracia Alicante adolecía de serios problemas de provisión monetaria, fortificación y armamento, que posteriormente tendrían consecuencias nefastas y fatales.

 Se intentó vigorizar la fuerza militar. El teniente de alcaide dobló la guardia del castillo e hizo subir a la fortaleza del Benacantil a los soldados de boleta, despachando petición de socorro armado a Jijona y al virrey. 

Se avisó a las Compañías del Socorro de otras localidades con acuerdos defensivos con Alicante. Tales compañías se encontraban muy alteradas por las bajas de sus miembros y los cambios de los últimos tiempos. Las exenciones no se tendrían en cuenta dada la gravedad del peligro. El municipio alicantino correría con la mayor parte de los gastos.

 Se formaría entre naturales y gentes del Socorro una fuerza articulada en escuadras repartidas por baluartes y muros, obligadas a cumplir con diligencia las rondas de vigilancia. Cada treinta soldados estarían a cargo de un sargento, que daría las órdenes necesarias de salida.

Las unidades de infantería serían reforzadas por la de caballería integrada por los insaculados en los oficios municipales. De escasa efectividad, el alguacil y escribano de la Capitanía los convocó bajo pena de veinticinco libras.

 Alicante se preparaba para repeler un desembarco enemigo tras un bombardeo, y el arsenal municipal de la Casa de las Armas prestaría las necesarias a los combatientes que carecieran de ellas. Por desgracia nuestra plaza se encontraba falta de pólvora y de armas. Su disposición artillera era también mejorable.

 ¿Qué hubiera acontecido en caso de desembarco? Las experiencias de 1691 y 1706 probarían con creces el espíritu combativo de los alicantinos pese a las sangrantes carencias defensivas. Indiscutiblemente el desenlace final de la batalla hubiera dependido del auxilio recibido por las fuerzas del rey y del empeño puesto por sus enemigos. 

 Vigilar por la noche.

 Las cortas noches mediterráneas de julio se cargaron de amenaza. La ronda nocturna estaría dirigida por el propio gobernador o por un individuo de su tribunal. Cada noche se nombrarían cabos de vigilancia a dos caballeros, comandando cada uno cien soldados. Asimismo, una barca costearía todas las noches necesarias desde la Torre de Agua Amarga para dar alerta de cualquier emergencia. El sistema de torres de vigilancia y de defensa del distrito alicantino, útil en la guerra contra el corso berberisco, fue activado una vez más.

El desmentido de los ingleses.

 Las espadas estaban en alto, al menos por parte española, pues al final la armada inglesa no dio el temido paso. Montagu y sus capitanes se conformaron en ofrecer nuevas excusas. La tripulación necesitaba tomar el fresco y los buques sólo intentaban proteger los pesqueros y el tráfico de mercancías de su pabellón. Al final la armada se retiró sin mayores incidencias.

 Pese a sus compromisos con Portugal, la Inglaterra de Carlos II no se arriesgó a una ruptura de hostilidades con España, inconveniente para su comercio y la estabilidad política de la restaurada monarquía, máxime cuando se impuso a Argel al año siguiente. De todos modos en Alicante tanteó sus fuerzas, desplegando una poderosa armada, esgrimiendo especiosas excusas empleadas con éxito en otras ocasiones y fijando su atención en una valiosa plaza del Mediterráneo Occidental. En el Gibraltar coetáneo observaron el mismo proceder, disfrutando ocasionalmente de la galantería de sus autoridades locales.

El legado de la desconfianza.

En Alicante se abría una época de expansión mercantil y amenaza naval, que culminaría con la Guerra de Sucesión. Las visitas de armadas extranjeras pronto volvieron a resultar molestas, y las autoridades alicantinas intentaron defenderse de sus exigencias invocando el peligro de un contagio epidémico. 

Ante el riesgo de haber recalado en un Tánger azotado por la enfermedad, el almirante John Lauson fue socorrido el 27 de julio de 1664 con mucha prevención en nuestro puerto. Entre 1666 y 1667 el peligro de contagio enturbió las relaciones mercantiles con Inglaterra. Reanudado el tráfico, el problema volvió a resurgir en diferentes momentos. En octubre de 1670 el general de la armada Thomas Allen no pudo abastecerse en Alicante al llevar a bordo textiles y cautivos de un Argel inseguro en lo sanitario. Los mismos obstáculos se opusieron al también general Anthony Stibertt en febrero de 1681 y al convoy inglés procedente de Liorna en septiembre del mismo año. El cumplimiento de las normas de cuarentena fue de gran valor para frenar la conversión de Alicante en una mera factoría de otros poderes marítimos más vigorosos. Desembarazarse de los ingleses no era ni factible ni recomendable, ya que desembarcaban esclavos norteafricanos, aportaban grandes cantidades de bacalao, pagaban derechos comerciales a la ciudad y mantenían a raya a los corsarios argelinos. 

En este empeño la rivalidad entre los ingleses y otras potencias fue vital. Tras varias guerras con las Provincias Unidas, la Francia de Luis XIV acabó convirtiéndose en el gran rival de los ingleses, especialmente después del destronamiento de los Estuardo. Los franceses también siguieron el proceder inglés: el 8 de mayo de 1666 la gobernación alicantina se enfrentó una vez más con las exigencias de una fuerte armada de setenta naves, esta vez bajo pabellón francés, en conflicto con los ingleses. Una vez más el fuerte interpretó a su conveniencia un tratado de paz. Los diplomáticos franceses no vacilaron en difundir toda clase de noticias sobre el peligro de epidemia en Argel en 1681. En todo este tiempo Alicante transitó un camino anunciado en 1661 y rematado brutalmente treinta años después. 

 Fuentes y bibliografía. 

ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN.

Consejo de Aragón, legajo 0556 (012), 0587 (034) y 0588 (003, 021, 033, 035, 036 y 037).

MAUROIS, A., Historia de Inglaterra, Barcelona, 1970. 

SANZ CAMAÑES, P. (ed.), Tiempo de cambios. Guerra, diplomacia y política internacional de la Monarquía Hispánica (1648-1700), Madrid, 2012. 

VALLADARES, R., La rebelión de Portugal. Guerra, conflicto y poderes en la monarquía hispánica (1640-1680), Valladolid, 1998.