UNA BATALLA MUY A LA ESPAÑOLA EN NORTEAMÉRICA, EL ÁLAMO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
El asedio de El Álamo (1836) se ha convertido en el mito patriótico de Texas, el Estado de la Estrella Solitaria, por antonomasia, celebrado en más de una ocasión en el cine. Recientemente, el mito ha sido revisado y ha emergido una Historia más compleja alrededor de la misión de San Antonio Valero, cercana a San Antonio de Béjar.
Si un primero de mayo de 1718 se fundó la misión franciscana, el presidio o punto fuerte de San Antonio de Béjar se estableció apenas cuatro días después. La intención de la corona española era la de frenar la expansión de los franceses por la América del Norte, que avanzaban hacia el golfo de México por el valle del Misisipi. Sin embargo, las quince primeras familias de colonizadores del presidio no llegaron hasta 1731 desde Canarias. Ellas fueron las impulsoras del emergente municipio.
Con el tiempo las cosas cambiaron en aquel rincón septentrional de la Nueva España. La ciudad prosperó y la misión franciscana desapareció ante la conversión de los amerindios coahuiltecos, ocupando sus dependencias en 1793 la compañía de caballería procedente de Álamo de Parras, que terminaría dando nombre al célebre lugar.
La invasión napoleónica de la península Ibérica sacudió intensamente la estructura de todo el imperio español y las tensiones socio-políticas afloraron con intensidad en la Nueva España. El sacerdote Miguel Hidalgo dio el grito de guerra de la independencia mexicana y un seguidor suyo, el capitán retirado Juan Bautista de las Casas, apresó el 22 de enero de 1811 al gobernador de San Antonio Manuel María de Salcedo. Mantuvo la causa independentista durante treinta y nueve días.
Los realistas retomaron el control, pero en abril de 1813 la ciudad fue tomada por las fuerzas de la expedición de Gutiérrez-Magee, compuestas por texanos, voluntarios anglo-americanos y amerindios. Emergió una fugaz primera república de Texas, aniquilada en agosto de 1813 por las tropas del general Joaquín de Arredondo, en las que formaba un joven Antonio López de Santa Anna.
Tras no pocas vicisitudes apareció un México independiente, enfrentado a graves cuestiones políticas y de cohesión territorial. Entre 1823 y 1824 se emprendió una nueva secularización de los bienes religiosos, una desamortización que perjudicó notablemente a los coahuiltecos, degradados de propietarios en las misiones a simples peones, justo en un momento de ataques de los apaches lipanes. A esta tierra en cambio fueron llegando colonos anglo-americanos con sus esclavos, una auténtica vanguardia de la expansión de Estados Unidos.
En 1835 estalló la insurrección cuando el gobierno de Santa Anna pretendió derogar la Constitución federal de 1824 con la aplicación de las Siete Leyes, que ponían en riesgo los títulos de propiedades de tierras y las normas de colonización de unos texanos cada vez más desapegados de la autoridad central. De octubre a noviembre del 35 el Ejército del Pueblo de Stephen E. Austin asedió San Antonio de Béjar sin éxito. A 5 de diciembre trescientos de aquellos voluntarios se adentraron en la ciudad, pero fueron detenidos por la artillería emplazada en sus calles. Entonces se abrieron paso casa por casa, perforando las paredes, hasta conseguir la rendición del general Martín Perfecto de Cos, antiguo oficial del ejército virreinal y cuñado del mismo Santa Anna.
Al frente de una fuerza de seis mil soldados partió desde San Luis de Potosí Santa Anna, mientras los insurgentes se hicieron fuertes alrededor de la antigua misión. Cuando llegó allí sólo disponía de la vanguardia de sus tropas, unos mil quinientos hombres. Del 23 de febrero al 6 de marzo de 1836 se combatió por El Álamo, desarrollándose una batalla muy propia del mundo hispánico, la de la guerra de asedio al modo de los sitios de Zaragoza.
Durante aquellos terribles trece días hubo elementos que recordaron a la Zaragoza que se encaró con los napoleónicos. Ante la intimación de rendirse de Santa Anna, Travis respondió disparando un cañón, en un modo que recordó la réplica de Palafox de Guerra y Cuchillo a la oferta de capitulación de Lefebvre.
Los defensores, entre los que se contaron unos veinte de origen hispano, supieron aprovechar el núcleo conventual de la misión, los muros de adobe y piedra, y las diecinueve piezas de artillería disponibles. También aquí los combates fueron casa por casa.
Por otro lado, los atacantes proseguían los modos del ejército español del virreinato de la Nueva España, mucho más allá de la famosa tonada del Degüello. Se guiaban todavía por las Ordenanzas de Carlos III, con consideración de traidores o filibusteros a los condenados a ser degollados. Cercaron la fortaleza, bombardearon de manera constante a los asediados (intentando quebrantar su espíritu de resistencia) y finalmente cuatro columnas la asaltaron por distintos puntos.
Las noticias de El Álamo llegaron dos semanas después a una España que libraba la I Guerra Carlista. Un 28 de diciembre de 1836 reconocería la independencia de un México que no se resignaría a la pérdida oficial de Texas hasta el 2 de febrero de 1848. Para los mexicanos, la victoria pírrica de El Álamo quedaría eclipsada por la derrota de San Jacinto. Entre los anglo-americanos comenzaba a emerger un mito con muchas resonancias hispanas.
Para saber más.
Bryan Burrough, Chris Tomlinson y Jason Stanford, Forget the Alamo: The Rise and Fall of an American Myth, Nueva York, 2021.

