UNA LLAMADA A LA CRUZADA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

17.06.2026 11:57

             

              La piratería floreció en los puertos norteafricanos de la segunda mitad del siglo XIV por varios motivos. El poder de los benimerines, que también se hizo sentir con fuerza en tierras hispanas, entró en una irremediable decadencia de disputas internas. Las ciudades de Bugía y Ténès, que habían formado parte de los dominios de los abdalwadíes conquistados por los benimerines, se erigieron en poderes independientes de facto, en los que el peso de sus oligarcas y de sus hombres de mar resultó determinante, encontrando en el corso una fuente de beneficios más que notable. Paralelamente, los hafsíes tunecinos también se encontraban desgarrados por la guerra civil. Con no escasa dificultad, el sultán Abd al-Aziz II (1394-1434) logró gran provecho de las acciones de sus corsarios.

              Las guerras entre los reinos de la Cristiandad, conmocionada asimismo por los zarpazos de la peste, impidieron la conquista del desgarrado Norte de África. El Cisma de la Iglesia, iniciado en 1378, añadió no escasas dificultades a la hora de emprender una gran cruzada, al modo de las de antaño. De haber conquistado una ciudad, como fugazmente aconteció con Tedelis, los cruzados se las hubieran tenido que ver con las poblaciones del interior, avezadas a las emboscadas y a aislarlos en un lugar cada vez más desprovisto de víveres.

              Con tales cartas en la mano, el corso ganó en fuerza y entidad en la segunda mitad del XIV. Si desde 1350 pequeños grupos de corsarios comenzaron a atacar las rutas que enlazaban Mallorca con el sur de la península Ibérica, la guerra entre Aragón y Castilla les permitió aumentar sus asaltos a una costa más desprotegida y a buques mercantes. Su fuerza se manifestó con toda crudeza entre 1375 y 1385, con desembarcos en Ibiza, Formentera y alquerías del litoral valenciano, cautivando a sus gentes. Franceses y genoveses pretendieron pararles los pies a los corsarios en la llamada cruzada de Mahdía (1390). Sin embargo, la máxima actividad corsaria de trasladó en los años siguientes de Túnez a la actual Argelia, descollando Bugía y Ténès.

              Los corsarios magrebíes gozaron del concurso de renegados cristianos, como el marinero Pere Fuster, que escapó a Bugía y guio a los asaltantes del saqueo de Torreblanca de 1397. Otro nombre conocido es de Giraldo de Mallorca, que junto a otros hombres de procedencia hispana o italiana encontraron acomodo en aquellas tierras de corsarios. Navegantes y constructores de barcos de Génova exiliados pusieron sus conocimientos al servicio de sus flamantes señores. Su contribución fue determinante para pasar de las pesadas naves de tiempos de los almohades a las más ágiles fustas, de cascos más estrechos y alargados, fondo plano y empleo de velas latinas triangulares junto a bancos de remos rápidos. Estas fustas podían adentrarse por aguas de poca profundidad y varar en la arena de las playas, así como navegar contra el viento o de bolina.

              Martín I de Aragón se enfrentó a su desafío organizando en 1398, tras los luctuosos hechos de Torreblanca, una importante flota de guerra, la Armada Santa. A diferencia de los más expuestos reinos de Mallorca y de Valencia, Cataluña y especialmente el interior Aragón no padecieron los ataques corsarios con la misma intensidad. Su contribución fue realmente escasa. En consonancia, las ciudades de Mallorca y de Valencia realizaron un notable esfuerzo en el despliegue de la flota que salió desde Ibiza hacia el África del Norte.

              Un caballero que se implicó en aquella empresa fue Andreu Febrer. Nacido en Vic hacia 1375, sirvió al rey Juan I de Aragón en la administración mallorquina. No dudó en embarcarse en la Armada Santa, escribiendo en catalán un famoso sirventés, en el que expuso sus puntos de vista sobre aquella campaña con aires de cruzada. Este es el texto, expuesto de forma continua, traducido al castellano actual:

                “Dolorosos gritos con voz brava y terrible, furiosamente desde la tumba del Mediodía nos llaman: ¡Oh cristianos, nada valió vuestra vida si no recuperáis al Dios verdadero, impasible, que se nos ha tomado en gran oprobio por el sarraceno fuera de su tabernáculo, y no lo devolvéis allí delante de la Trinacria, de donde ha sido robado del sagrado cementerio!


              “Que ya es el tiempo predestinado por el misterio divino, en el cual conviene abatir, muertos, a todos los infieles que en las cuatro partes del mundo tienen la autoridad suprema frente al Crucifijo; comenzando así por tierra de Granada, y discurriendo por toda la Berbería; que del sol naciente hasta donde se pone todo el día no quede ni uno solo de su malvada secta.


               “Y por tanto, tomemos todos la santa cruzada y comencemos una cruel y fiera batalla, pues hace mucho tiempo que con gran gozo nos espera el gran honor que nos está preparado; pues allí los veremos destrozar y descuartizados, y volar cabezas y antorchas, entrar en muros fuertes, torres y castillos por la fuerza, de modo que nada se pueda defender contra nosotros.


                 “Entonces se dirá que ya no puede comprender ni prisioneros el pozo que es el abismo infernal de los espíritus que saldrán de la morisma, porque al entrar harán resquebrajarse el portal, y no habrá satanás que no los rechace, sino que dirán todos: «¡Echaos los unos sobre los otros!»; y los cruzados gritarán: «¡Ya es la hora de que el lago del infierno acoja a todos los moros!».


                 “Así caerán como hace la hoja seca de las cimas de las ramas, que el viento fuerte derriba, bárbaros y turcos, árabes y los de Marruecos; y los atacantes tomaremos su despojo, metiendo fuego y lanzando fuego y llama a villas y burgos, lugares, ciudades y mezquitas; y no os cuidéis de que nadie quede libre, a menos que el nombre de Jesucristo clame.


                “Madre de Dios, a vos sola reclama, que eres los puertos seguros de nuestra naturaleza, el pueblo de Cristo, que del tormento de la opresión del Enemigo diabólico que a los pecadores inflama, sostuviste a Aquel que fue bajo la columna gravemente azotado por el amor que nos tenía, para que entre los santos bienaventurada sea en el paraíso nuestra segunda vida.


               “Ángel, por cuanto la áspera muerte no me sorprenda, di por mí cien veces el avemaría que me prometiste, para que en la compañía de los santos cruzados pase yo más allá de las olas.”

              Como puede comprobarse, el poema se inicia con dramatismo para encender el espíritu de combate de los hombres de armas cristianos. Sus acciones desde Granada al Norte de África se legitiman religiosamente, haciendo referencia a la profanación de las Sagradas Formas en Torreblanca por los corsarios. En esta gozosa cruzada se asaltarían las plazas fuertes, sin perdonar sus mezquitas, de los pueblos enemigos musulmanes (berberiscos, turcos y árabes). De caer en combate, Febrer esperaba alcanzar gran gloria eterna.

              Composiciones de este género, las del sirventés de cruzada, se escribieron en gran número en el Languedoc de los siglos XII y XIII, marcados por las expediciones a Tierra Santa y los combates contra los cátaros. Andreu Febrer se condujo como un antiguo trovador, pues. Su poema tuvo una difusión reducida y elitista, por fuerza, sin ningún impacto en el reclutamiento de tropas más populares. Así ganó prestigio en la corte de Martín I el Humano, por mucho que el resultado real de la Armada Santa se redujera a la fugaz toma de Ténès.

              Fuentes.

              Poesia dels segles XIV i XV. Edición de Isabel Grifoll, Barcelona, 1984, pp. 51-53.